“Algo que sucedió…” (Epílogo)

22 Dic

"Callan, es alabanza suficiente" ( Terencio, pensador romano)

Está clarísimo que el Gral. Weyler sirvió fielmente a la España de su época (como pocos), pero esa España fue una España colonialista en decadencia que se aferró a sus últimas colonias en ultramar. Los habitantes colonizados se sublevaron y la Metrópoli se vio inmersa en una sangrienta guerra en la que las tropas colonialistas desataron y pusieron de manifiesto su vileza, su infamia y su falta de escrúpulos más deshonrosa. Y en ese escenario apareció la figura de Weyler, un Weyler que destacó más por su crueldad que por el genio militar que sus “fans” le atribuyen.

Un ejército colonialista bien equipado se enfrentaba a unas tropas armadas con simples machetes (la más de las veces) más propios para labores agrícolas que para ser utilizados como armas de guerra para combatir un ejército que siempre le superó en efectivos. ¿Había que ser un genio militar en tal desigualdad de condiciones para poner en jaque a “los macheteros”? Es evidente que de haber existido tal genialidad, hay que admitir sensatamente que de poco valió, porque llegó un momento (antes que llegaran los Yankees que nadie en Cuba mandó a buscar) en que la “genialidad militar colonialista” solo mal controlaba el territorio que cubrían las suelas de sus botas (y muchos Mambises descalzos y en harapos).  Y a Weyler se le ocurrió la reconcentración… ¡vaya genialidad militar!

Weyler, al no poderse enfrentar con rotundo éxito al Ejército Mambí, terminó descargando su ira y frustración sobre la inocente población civil. Tiene cierta lógica que una guerra entre dos ejércitos degenere en una competencia de crueldades; pero cuando esas crueldades se aplican indiscriminadamente con premeditación y alevosía a la población civil, ello constituye un genocidio. El “Mito Weyler”, no va conmigo, no trago.

La crueldad, la vileza y la infamia colonialista llegó a motivar severas protestas en sus propias filas; búsquese en la Historia quiénes fueron y qué protagonizaron los pundonorosos oficiales Españoles Federico Capdevila y Nicolás Estévanez. En la carne de algún antepasado mío, la chusma colonialista se ensañó a gusto (Rafael Argilagos y Gimferrer, mi tío bisabuelo).

Rafael Argilagos nació el 11 de Octubre de 1835 en Puerto Príncipe (Camagúey). Cursó estudios secundarios y universitarios de Ingeniería Militar en España y concluyó la carrera en París como Ingeniero Civil y luego la de Médico en 1860. Regresó a Cuba y en 1864 se incorpora como médico a las Huestes de Benito Juárez en Méjico; alcanzando en esa contienda los grados de Comandante. Allí dirigió el Hospital Militar de Córdova como Médico Cirujano en Jefe y fue ayudante del Jefe del Ejército, General González Ortega. Regresó a Cuba en 1867 y un año después se incorporó a la primera Guerra de Independencia Cubana. En 1870 murió luchando bajo el mando del Gral. Manuel de Quesada. Había alcanzado los grados de Brigadier ganados por su trabajo como médico, su excelente técnica militar y valentía en el combate. Así murió: “Acompañado de un pequeño número de soldados hecha rodilla en tierra en un lugar conocido por “Concepción de Arenillas” y desconciertan al enemigo al hacerle frente por la efectiva puntería y las bajas que le ocasionan a la vanguardia española. No es hasta que termina con el último tiro der su fusil y descarga todo su revólver, que se le logran acercar los soldados españoles cada vez más numerosos y dos balas enemigas lo hieren en el pecho. Allí permanece rodeado por los cadáveres de los soldados mambises que le acompañaban y por su fiel Teniente, el negro Cesáreo Ramírez, quien está a su lado muy mal herido, pero sobrevive milagrosamente para contar esta historia. Rafael aún respira cuando comienza una orgía de sangre sobre el cuerpo de aquel valiente Mambí que destrozan y llevan sus pedazos en la punta de sus bayonetas como trofeos, así como sus orejas, todo lo cual exhiben en marcha triunfal en la Ciudad de Nuevitas, junto a su caja de instrumentos quirúrgicos, como muestra de haber vencido a aquel temido General Mambí. Lo que quedó de sus restos nunca fue encontrado”.

Todo esto como para que me haga gracia que una reliquia histórica cubana se encuentre en una sala en “honor” a un servidor del colonialismo precursor de los campos de concentración. Los Yankees, en su afán expansionista, pueden haber exagerado y fantaseado en su quehacer tendencioso, pero hubo una realidad innegable sobre la cual pudieron exagerar y fantasear. Weyler y compañía pueden haber contribuido a que su “dura realidad” haya superado la “ficción” expansionista.

Solo me resta decir que el hecho de interesarse por una reliquia histórica de su país, no es exclusivo derecho de ciudadano alguno; todo cubano (dentro o fuera de Cuba) por el simple hecho de serlo, le asiste todo el derecho del mundo y hasta el deber moral de interesarse por ello sea cual fuere su opción política, sus puntos de vista, su credo religioso, su visión histórica, etc. En lo que a La Silla se refiere, que yo sepa nadie la compró aquí en Mallorca en mueblería alguna y el triste día en que decidieron enclaustrarla en la Sala Weyler, ese día, volvieron a matar al Gral. Maceo.

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