“Algo que sucedió…” (Séptima parte)

14 Dic

Hay que ver la buenísima sintonía existente entre los empresarios mallorquines con inversiones en la Cuba castrista y “ciertas autoridades” aquí en Mallorca. ¡De rechupete! Cuando tuvieron lugar los hechos relacionados con La Silla del Gral. Maceo, cualquier “forastero” que deseara ver la reliquia, si venía acompañado de algún empresario mallorquín, se le abrían de par en par las puertas del Excelentísimo Ayuntamiento y las del armario empotrado (closet) donde a La Silla le anidaban pequeñas arañas. Estos mismos empresarios hicieron todo tipo de gestiones a cuanto nivel les fue posible con el propósito de que la reliquia fuese entregada al tirano en Cuba. Según “mis fuentes” todo estaba bien “acordado”. En cierta reunión entre “amigotes” de la que fue testigo “alguien” que me mantenía al tanto de todo cuanto podía averiguar, uno de estos fariseos dijo textualmente: “La cosa está bien amarrada, La Silla se irá a Cuba cuando se calmen las aguas”. Pero las aguas, lejos de calmarse, se agitaron cuando aparecieron de repente la carta de la nieta de Weyler y el respaldo de lo más representativo del exilio cubano. Ello puso en “jaque” a los pretensiosos complotados y a partir de ese momento ya no fue fácil satisfacer a los paisanos fariseos que hasta entonces dieron por hecho que se saldrían con la suya. Los que no querían que La Silla se enviara a Cuba pero tampoco a Miami, siempre creyeron que serían complacidos. Hicieron “un par de gestiones” y se creyeron cuanto les dijeron las autoridades presionadas por empresarios. Yo creo que nunca se enteraros de que “la cosa estaba bien amarrada” para que “cuando se calmaran las aguas” la reliquia fuese enviada a La Habana. ¡Incautos mal informados!

Un ayuntamiento en apuros no sabía cómo resolver la cuestión. Actuaron con extremada prisa; La Silla les quemaba las manos y permanecía maltratada, vejada, humillada y manoseada mientras un montón de incompetentes funcionarios eran incapaces de actuar sin dejarse presionar por un grupo de fariseos sin ética ni más moral que la del enriquecimiento económico a cualquier precio (como el de apuntalar al castrismo).

Cierto concejal una vez me contó, como algo “gracioso”, que un día se le apareció en su despacho un empresario mallorquín acompañado de lo que él definió como una despampanante mulata cubana. Nuestra paisana en cuestión deseaba ver La Silla y una vez delante de la misma le pidió al concejal que la dejara sentarse “un ratico” en ella. Según el funcionario, le dio mucha pena negarse a la petición de la bella flor caribeña… y de lo dicho a lo hecho y allá fue nuestra preciosa mulata a plantar “un ratico” sus tentadoras posaderas en la maltrecha reliquia. ¡Qué graciosa anécdota! ¡Qué rico vacilón mami! Durante un tiempo que a mí se me hizo una eternidad, La Silla estuvo como “un palito barquillero” de aquí para allá (La Silla pa dentro, La Silla pa fuera) al antojo de cuanto desaprensivo apareció por allí sobre todo si se hacía acompañar por algún empresario mallorquín con inversiones en Cuba. Y al final, como para rematar la indigna faena, la enclaustraron en la Sala Weyler. ¡BRAVO!

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