“POBRECITA MI HABANA”

9 Ene

Jamás he criticado a nadie por su procedencia, ni por su raza, ni por su credo. Si más de una vez he utilizado duros calificativos contra alguien en concreto, ese alguien se lo tiene bien merecido por su manera de proceder más que por su origen, por el color de su piel o por su religión. Hasta pongo un ejemplo: Si a un japonés que además es un pobre cornudo, le llamo cornudo, no lo hago porque sea japonés, sino por cornudo y si a un mulato que además es “descarao” (HC) le llamo “descarao”, no lo hago porque sea mulato, sino por “descarao”. ¿Me entienden? Ahora que me mal interpreten los aficionados a ello. El caso es que durante la cena, mi mujer y yo terminamos hablando de la “invasión” que “SUFRIÓ” mi Habana (nací en ella el 02-11-41) apenas triunfada la revolución. No me refiero solo a los barbudos bajados de la sierra que acompañaban a el coma-andante llevando rosarios y crucifijos al cuello; me refiero más bien a las huestes de ciudadanos procedentes de áreas rurales de las regiones más orientales de La Isla que masiva y repentinamente sin la menor planificación, “desembarcaron” en la Capital creando con ello (desde el principio) acentuados problemas de habitabilidad. Y no solo eso… Como buen cubano, nacido de una Saga arraigada a Camagüey y Oriente (los Argilagos) , lamento decir que las costumbres y el comportamiento en sociedad de la inmensa mayoría de “los nuevos ocupantes”, dejó muchísimo que desear. Soy de la muy particular opinión de que no vino lo mejor, ni tan siquiera lo medianamente regular, sino lo peor de nuestras regiones orientales. Con el tiempo (yo ya no estaba en Cuba, por suerte) alguien les bautizó con el nombre de Palestinos (se debería disculpar con los Palestinos reales). Ocupaban (intrusos) de manera forzada y sin autorización alguna, cuanta vivienda pudieran violar. Como medida de urgencia la revolución destinó los recién construidos bloques de apartamentos (por los capitalistas) en la Habana del Este a que fueran habitados por “los recién llegados” (que nadie mandó a buscar). ¡Hay que ver qué a gusto se encontraban usufructuando lo ajeno! Pero no lo hacían igual que la viciosa clase despojada de sus bienes. ¡Qué va! No estaban preparados para ello; su clase era una clase sin clase. Era frecuente ver a más de un núcleo familiar compartiendo el mismo techo sin intimidad alguna y hacinados como ganado en corral. Criaban cerdos en las bañeras, cuando los ascensores (donde los había) dejaron definitivamente de funcionar por el mal uso y la falta de recambios, los utilizaban como gallineros; acostumbrados a los “escusaos” (letrinas sanitarias rudimentarias fuera de las casas), utilizaban los inodoros para verter en ellos todo tipo de basura con el consiguiente atasco, los lavamanos y fregaderos, idem de idem. Subían tierra a granel a las azoteas a fin de cultivan en ellas tupiendo los desagües. Las riñas continuas hacían necesaria la presencia casi permanente de la policía; volvieron a aparecer los “duelos” a machetazos en nuestra Capital que no se veían desde la época colonial. La marihuana cundió como nunca a pesar de que nunca antes faltó. Desmantelaban las instalaciones eléctricas y vendían el cableado y las lámparas (con velas y algún farol les bastaba). O sea, “que el hábito no hace al monje” y aunque vivían en inmuebles para personal civilizadas, se comportaban de manera que mejor los hubieran albergado en cavernas. En el Residencial El Chico (donde yo vivía) todas las piscinas de los chalets intervenidos(los que las tenían) fueron rellenadas de tierra y destinadas a huerto en el que sembraban niños y niñas becados. A nadie se le ocurrió la idea de formar monitores de natación y quizás de ahí hubieran salido algunos campeones olímpicos. ¡Bestias! Y no por venir del oriente, sino por bestias. Mi madre una vez fue requerida para inyectar a una hija muy pequeña del comandante Víctor Mora que también vivía en la misma urbanización (su piscina nunca fue cubierta de tierra). Me contó la autora de mis días que cuando llegó al cuarto de la niñita enferma, se la encontró con que dormía con un cerdito. A mi vieja le costó Dios y ayuda hacerle entender a la señora del comandante por qué no debía dejar dormir a la niña en compañía de Porky Pig… Puntos suspensivos, sí. Dios protege la inocencia y al parecer la ignorancia también. La niña sanó. De más está decir que todo esto ocurrió nada más triunfar la revolución cuando todavía la carencia de lo más elemental no era el plato del día ni mucho menos. Se comportaban así porque eran así y cuando sí hizo su aparición la carencia total, fueron a peor en su conducta. En La Habana siempre hubo bolsas de pobreza con las consecuentes barriadas marginales; siempre hubo todo tipo de delincuencia, pues. La Capital nunca fue inmaculada y los habaneros no eran santos ni santas (excepto los santeros), pero la imagen que guardo (no tengo otra) de todos ellos en general, difiere mucho de los que vinieron en tromba a enmierdarnos la ciudad. ¡Claro que también teníamos algún que otro cerdo! Ahora bien, casos aislados no es lo mismo que una piara gigantesca descontrolada. Al que le sirva el sayo… Quien la vio y quien la ve… ¡Pobrecita mi Habana!

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